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OBRAS

AUDITORIO EN SAN LORENZO DE EL ESCORIAL · 07/07/2014

El Teatro-Auditorio es una de las obras de mayor magnitud con que cuenta la ciudad madrileña de San Lorenzo de El Escorial. Situado en el Parque Felipe II, a tan solo 150 metros del recinto del Monasterio, ocupa una parcela con un gran desnivel, que permitió construir el edificio posando las gradas sobre una ladera, al modo de los teatros clásicos. Cabe destacar como eje central del complejo su vestíbulo principal, horizontal y neutro, que enmarca el horizonte y ordena toda la secuencia de espacios convirtiéndose en el corazón del recorrido entre las dos salas que componen el teatro, dos cajas aisladas ocupadas por máquinas para servir a 1.200 y 300 espectadores respectivamente (la mayor, pensada para que funcione como Teatro de Ópera, Clásico, Musical o Auditorio, es una de las más importantes del país). Todo el movimiento interior se realiza a la cota de los dos escenarios de forma que pueden compartir camerinos, cargas y zonas técnicas. La dotación administrativa está junto al muelle de carga, con acceso a través de la única calle practicable. A su lado, un restaurante aterrazado, una sala polivalente de conferencias, las taquillas y una sala de ensayo completan las estancias del complejo, cuyos exteriores y espacios públicos están cubiertos por texturas graníticas abujardadas, ordenadas en una malla sencilla con alineaciones horizontales cada 90 cm. En el cuerpo más pegado al terreno esa piel se endurece con grandes bloques de granito descarnados. Por último, los techos y las salas están recubiertos por madera de nogal, siguiendo también esa trama que pauta todos los revestimientos; cuyo objetivo es ambientar, dar cierta calidez a los espacios, sin por ello reñir con la austeridad de los acabados y la simplicidad formal de todo el proyecto.

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El auditorio de El Escorial. Por Juan García Millán

La leyenda popular cuenta que el monarca escurialense, a lo largo de los veintiún años que duraron las obras del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, iba a menudo hasta unas rocas en las laderas del monte de la Herrería para comprobar la marcha de los trabajos. Esas peñas se conocen desde entonces como la Silla de Felipe II. Desde allí contemplaba las tareas de la construcción mientras el valle entero parecía diluirse en el dorado fulgor de los crepúsculos castellanos. La leyenda es falsa, aunque reconoce la excepcionalidad del lugar: un antiguo lugar sagrado dedicado al “Marte” de los vetones, un ara de grandes escalones tallados, similar a otros altares celtas. Este recuerdo de la silla de Felipe II —fantaseada como asientos labrados para recibir las posaderas del emperador o imaginada como altar tallado con diversas oquedades en las que oficiar los ritos sacrificiales— es pertinente porque conseguir un mirador labrado en el granito era una de las intenciones de Picado+De Blas al trazar sus primeros croquis. El auditorio se asienta en el terreno con la naturalidad con que colocaríamos un sillón frente a un ventanal con vistas espléndidas, dispuestos a gozar del panorama. El foyer se abre completamente hacia la llanura que se extiende hasta Madrid, mientras la espalda del edificio se hunde profundamente en el respaldo de tierra, de fortísima pendiente. Las acciones de tallar, labrar y horadar están presentes como una labor de estereotomía que abriera del granito unos huecos habitables. La escala considerablemente mayor que tiene el auditorio respecto a la silla añade una intensa percepción de lo profundo, de lo hondo. En los vacíos del auditorio parece resonar el eco de las canteras de mármol de Carrara o de marés de Santanyí —que Picado+De Blas conocen bien—, excavadas a cielo abierto como arquitecturas titánicas de extraña solemnidad. En la diagonalidad que conecta algunos espacios cúbicos y en la calidad de la luz oblicua podemos esbozar un paralelismo con los pozos solares que Chillida propusiera en Tindaya. Se trata de una arquitectura silenciosa y sin gestos, en la que el espacio arrancado a la roca es la sustancia fundamental y la luz la energía que le infunde vida. La radicalidad de este planteamiento elemental atraviesa el auditorio con una fenomenología tensada entre lo abierto y lo cerrado, lo hundido y lo elevado, lo oscuro y lo luminoso, lo excavado y lo construido…

Pero en la ladera sur del Abantos impera la severa jerarquía de la mole escurialense, cuyo orden arquitectónico propone un reto a toda arquitectura que se le aproxime. Si Juan de Herrera hubiera podido leer a Borges, habría sabido que estaba planteando una partida de ajedrez en un tablero sobre el que lleno y vacío se odian según unas reglas estrictas. En esa partida Villanueva jugó brillantemente dejando la Casita del Príncipe y la Casita de Abajo. Picado+De Blas mueven su pieza según un riguroso orden de patios, que genera los espacios abiertos del auditorio, y una austera geometría ortogonal, que ordena las alineaciones. Pero si el Monasterio se yergue en la explanada de la Lonja ganada a la montaña, en la que se desarrolla el diálogo entre la mole artificial y la masa natural, el auditorio se enroca adaptándose a la pendiente y transformándose en una topografía artificial mitad raumplan loosiano mitad palacio nabateo.

La relación matérica con el monasterio también es muy intensa: el granito se hace presente cuando el proyecto tiene que adoptar una definición material concreta. Las losas recubren los cúbicos volúmenes y se extienden por los corredores, con un acabado abujardado, un corte preciso y unos bordes nítidos. El contacto con la calle se ha resuelto como un basamento ciclópeo de costeros de cantera, que son las piezas laterales de los bloques recién extraídos y que habitualmente se desechan. La superficie de los canteros, terriblemente áspera e irregular, está rayada por los barrenos que los desgajaron de la roca madre, haciendo legible el proceso de extracción. Esta operación brutalista y genética rompe la tersa textura de las superficies justamente donde se rompe la geometría cúbica, a la vez que evidencia el tiempo que separa la fábrica escurialense, donde el poder imperial y contrarreformista también se expresaba sometiendo la naturaleza al arbitrio de la razón, la geometría y el símbolo; y la autorreferencialidad con que la obra de arquitectura actual se aproxima al hecho constructivo. El resto de los materiales y su puesta en obra manifiestan propiedades opuestas: fragilidad, ligereza, vitalidad o transparencia. Madera oscura de nogal a modo de celosías sensualmente torneadas, grandes cortinas de terciopelo mórbido, vidrios transparentes de suelo a techo, brillantes carpinterías de acero inoxidable que se escamotean en el vestíbulo, desdibujando sus límites.

El auditorio parte de la idea kahniana de separar espacios servidores y servidos, según un esquema en peine de crujías perpendiculares a la pendiente, como contrafuertes, que recogen los usos técnicos y de servicios. Entre ellas se abren tres grandes vacíos: la sala menor, el foyer central abierto al paisaje, por un lado, y al patio de acceso, por el otro, y la sala mayor. El teatro griego aparece en el conjunto de manera fragmentaria, deconstruida: en las salas la circularidad de las gradas y el aprovechamiento de la pendiente; en el foyer la presencia del paisaje. La visión del espectáculo y la vista del paisaje son complementarias.

En continuidad con el hall, un patio de dos niveles—una habitación sin techo— es el verdadero corazón del edificio, configurado como macla tridimensional de vacíos que anuda la luz, las vistas y los espacios, algo habitual en la arquitectura de Picado+De Blas, presente en la casa en Navalmoral, los juzgados de Hellín o los de Herrera de Pisuerga.

Al patio se llega también desde el parque de Terreros con la naturalidad de un camino de montaña, porque ese recorrido ya existía y los arquitectos tuvieron la perspicacia o el sentido común de aprovechar la pertinencia del trazado, como aprovecharon también la existencia de un pinsapo centenario, de la que dedujeron la situación definitiva del auditorio.

La inserción urbana se ha llevado a cabo con extremo cuidado. La cota de coronación coincide con la altura de cornisa del cercano caserón del Euroforum, las cubiertas ajardinadas se funden con los parterres de boj del parque de Terreros. La caja de telares tiene una notable presencia desde la lejanía y su bulto cúbico compite en tamaño con el palacio de Felipe II, un volumen casi ciego que abraza el ábside de la basílica. Ambos emergen cerrados, enormes y abstractos, símbolos del antiguo poder imperial y de la actual sociedad democrática. Pero el auditorio parece esfumarse cuando uno se acerca. Caminando por las calles desaparecen la caja de telares y el edificio mismo entre las casas, entre los parques. Esta condición semiescondida es una de las características más ambiguas y atractivas del auditorio.

Este edificio, que a pesar de ser medio troglodita levanta sus muros tan altos como el Monasterio, ofrece unos laberintos que destilan el soplo poético de una pintura metafísica, donde quién sabe si, tras fatigar sus corredores, al doblar un recodo, encontraremos a un travieso Minotauro borgiano dibujado por Picasso.

Ubicación aproximada:

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Ficha técnica

Arquitectos:
de Blas, María José (1)
Delgado, Enrique (1)
Picado, Rubén (1)

Colaboradores:
Fernando García, Mª Antonia Fernández, Carmen Ballesteros, Blas Antón, Rafael Valín

Tipología:
Equipamiento cultural (33)

Cliente:
Comunidad de Madrid. Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Dirección General de Arquitectura y Vivienda

Situación:
España (71), Comunidad de Madrid (13), Parque de Felipe II, San Lorenzo de El Escorial

Superficie construida:
21015 m2

Año de finalización:
2006

Fotografía:
Miguel de Guzmán www.imagensubliminal.com

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